Centro educativo: Escuela Rural N.º 32
Localidad: Arroyo Llano, San José
Grupo: a definir
Nível / edades: 3-6, 8 y 11 años
Cantidad de integrantes: 9
Referente: María José Paradiso
Tutora de La Greencubadora: Indira Manzano y Mauro Zunino
Centro educativo: Escuela Rural N.º 32
Localidad: Arroyo Llano, San José
Grupo: a definir
Nível / edades: 3-6, 8 y 11 años
Cantidad de integrantes: 9
Referente: María José Paradiso
Tutora de La Greencubadora: Indira Manzano y Mauro Zunino
Esta iniciativa surge de diversas experiencias pedagógicas vividas por las niñas y los niños de la Escuela Rural N.º 32 “Arroyo Llano”, quienes durante el último año participaron en talleres de cuidado del agua con Cruz Roja, conocieron una propuesta universitaria de reutilización de indumentaria laboral y exploraron el trabajo artesanal con la lana natural.
A partir de estas experiencias, comenzaron a preguntarse qué ocurre con los textiles cuando dejan de utilizarse, si su descarte puede generar impactos en el agua y en el ambiente, y qué alternativas existen para reutilizarlos antes de que se conviertan en residuos. Actualmente el grupo se encuentra explorando estas preguntas, construyendo colectivamente el enfoque de investigación y definiendo posibles líneas de trabajo para su proyecto.


Llegamos a la escuelita rural y nos colocamos en ronda junto a todas las niñas, los niños y la maestra. Como es un grupo multigrado, compartimos toda la experiencia juntos. Comenzamos saludando y, enseguida, uno de los más pequeños se adelantó espontáneamente a decir su nombre. Esto nos dio la apertura perfecta para proponer una ronda de presentación.
Para conocernos, utilizamos una madeja hecha con lazos de tela anudados entre sí. La propuesta era lanzarla a una compañera o compañero diciendo nuestro nombre y algo que nos gustara hacer cuando salimos al patio; de a poco, se fue formando una gran red entre todas y todos. Entre las respuestas se destacó, especialmente, el gusto por jugar y encontrarse con amigos.



Cuando terminamos de presentarnos, en lugar de explicarles lo que habíamos formado, les propusimos observarlo y les preguntamos: «¿Qué se formó entre todas y todos?». Dijeron que parecía una telaraña o una red. Entonces, propusimos que algunos levantaran el pedazo de tela que sostenían y otros lo bajaran, y volvimos a preguntar: «¿Qué les hace pensar esto que está pasando?». Surgieron reflexiones muy interesantes, entre ellas que «entre todos podemos formar diferentes cosas, siempre y cuando todos sostengamos el hilo». A partir de sus propias respuestas, conversamos sobre lo que significa formar parte de un grupo, la importancia de los aportes de cada persona y cómo todas y todos tenemos algo valioso para compartir.
Después, colocamos en el centro de la ronda retazos de telas de diferentes colores, materiales y texturas. Les contamos que eran partes de ropa que ya estaba muy dañada y en desuso, y abrimos una nueva pregunta: «¿Qué podemos hacer con la ropa que desechamos?». Algunos dijeron que, si todavía está en buen estado, lo mejor es dársela a otra persona. Otros propusieron hacer tapetes y, rápidamente, todos recordaron que ellos mismos estaban realizando uno reutilizando medias, así que nos lo mostraron.
Durante la conversación, una de las niñas más pequeñas comentó que habían visto una foto de una montaña de basura formada solamente por ropa. A partir de allí, más niñas y niños comenzaron a participar y a compartir sus ideas sobre las formas en que estos residuos pueden contaminar. Surgió la contaminación de los ríos, del agua y también del suelo.



Seguimos avanzando con otra pregunta: «¿Para qué nos sirve la ropa?». Entre las respuestas apareció una idea central para el proyecto: la ropa nos protege. Nos cuida del frío, del sol, nos cubre y nos abriga. Entonces nos preguntamos: si una ropa ya está demasiado dañada para seguir usándola, ¿podría encontrar otra manera de continuar protegiéndonos?
Esta pregunta nos permitió acercarnos al tema del proyecto que, al inscribirse en el Club de Ciencias, quedó definido como «Refugios Naturales: entre retazos y arcilla». Les preguntamos entonces: «¿Qué creen que es un refugio?». Rápidamente surgieron distintas respuestas: un lugar que nos protege, donde podemos descansar, donde podemos jugar o un lugar que nos cuida.
Así apareció una conexión que nos interesa explorar a lo largo del proyecto: la ropa protege nuestro cuerpo y, cuando ya no puede seguir siendo usada como prenda, quizás pueda transformarse para continuar cumpliendo esa función de protección al formar parte de un refugio.
A partir de esta idea, propusimos una nueva pregunta, esta vez en forma de desafío: «¿Podemos construir entre todas y todos un refugio utilizando telas?». Pusimos a disposición telas, sábanas, pinzas de ropa y lazos, y les contamos que podían utilizar también las mesas, las sillas y otros muebles del salón. No les indicamos cómo debía construirse; la idea era que pudieran experimentar libremente y encontrar sus propias maneras de resolverlo.
La propuesta rápidamente despertó el interés del grupo y todas y todos comenzaron a trabajar en la construcción. La actividad se desarrolló de manera colaborativa y los más grandes ayudaron a los más pequeños. Fueron probando, acomodando las telas y buscando juntos distintas maneras de sostenerlas.


Una vez terminado el refugio, inmediatamente comenzaron a surgir ideas sobre cómo habitarlo. Algunos querían dibujar dentro, otros leer y otros buscar los legos para jugar. El espacio que habían construido comenzó, así, a ser utilizado como un lugar para permanecer y realizar distintas actividades.
Dejamos que experimentaran el refugio durante un rato y luego los invitamos a salir para observarlo desde afuera. Nuevamente recurrimos a las preguntas: «¿Cómo fue construirlo?», «¿Qué dificultades encontraron?», «¿Cómo se sentía estar dentro?», «¿Qué le faltaría para funcionar mejor?».
Las niñas y niños dijeron que había sido algo difícil porque la tela se deslizaba y no siempre tomaba la forma que querían. También observaron que dentro se sentía un ambiente calentito y agradable, y señalaron que hacía falta algo que sostuviera la tela o que le diera mayor resistencia.
Fue a partir de estas observaciones que presentamos dos muestras diferentes de tierra. No comenzamos explicando qué tipo de tierras eran, sino invitándolos a conocerlas: «¿Qué diferencias encuentran entre ellas?». Las niñas y niños las tocaron, olieron y observaron. Destacaron rápidamente que una era más negra y la otra tenía un color marrón rojizo; una se desarmaba más fácilmente y la otra formaba pequeñas pelotitas, aunque también podían deshacerse.



Entonces planteamos una nueva pregunta: «¿De qué manera imaginan que podríamos combinar estas tierras con la tela para construir nuestro refugio?». De manera intuitiva, surgió una primera idea del grupo: quizás una tierra que se pusiera dura podría ayudar a que la tela tomara y mantuviera la forma que querían.
Esta idea, surgida de las niñas y niños, dejó abierta la puerta para continuar investigando. Antes de despedirnos, acordamos que realizarían dos pequeños experimentos hasta nuestro próximo encuentro. El primero consiste en colocar muestras de las dos tierras en frascos de vidrio, agregar agua, etiquetarlos y dejarlos quietos para observar qué sucede con el paso del tiempo. El segundo consiste en realizar diferentes pruebas agregando cada vez más agua a las tierras y registrar en el cuaderno de campo todo lo que vayan observando.
Así terminamos nuestro primer encuentro, con un aplauso colectivo y muy contentos por lo compartido. A lo largo de toda la actividad, fuimos avanzando a partir de preguntas, dejando que las observaciones, experiencias e ideas de las propias niñas y niños nos fueran mostrando por dónde continuar. De esta manera, quedaron abiertas nuevas preguntas para seguir explorando juntos la relación entre los retazos, la tierra y la posibilidad de construir un refugio.


Llegamos a la escuela con los materiales preparados para realizar las muestras con distintas proporciones de arcilla, arena, paja y textiles. Apenas las niñas y niños los vieron, se entusiasmaron mucho y enseguida propusieron hacer toda la actividad afuera.
Antes de salir, nos reunimos un momento en el salón para saludarnos y conversar sobre los experimentos que habían realizado entre encuentros. Nos mostraron los recipientes donde habían mezclado dos tipos de tierra —una negra y otra más arcillosa— con diferentes cantidades de agua, y comenzaron a contarnos lo que habían observado. Comentaron que la tierra había absorbido el agua y que la arcillosa se había puesto mucho más dura. Una niña dijo: «Se puso como piedra», mientras que otros comentaron que la mezcla con más agua había quedado «como barrosa».


A partir de esas observaciones, les preguntamos cuál de las dos tierras creían que sería mejor para construir nuestro refugio. Varias niñas y niños respondieron que la arcillosa, porque al secarse se ponía más dura. Otra niña agregó que «tendría que estar medio líquida para que la tela la absorba», relacionando lo observado con el trabajo que realizaríamos ese día.
Con esas primeras conclusiones, salimos al patio para comenzar con la parte práctica. Les mostramos los diferentes materiales que habíamos llevado: textiles reutilizados cortados en tres formatos (trozos pequeños, tiras y trozos grandes), además de arena, paja y la arcilla ya hidratada. Al ver la paja, una niña recordó una actividad anterior y comentó: «¡Claro! Como en los niditos que hicimos antes, que la paja ayuda a que no se caigan». Esta relación surgió de manera espontánea y abrió una nueva conversación sobre la función que podían cumplir los distintos materiales dentro de las mezclas.



Observamos la arcilla ya hidratada y, con ayuda de Mauro y de los niños más pequeños, comenzamos a batir la mezcla hasta obtener una consistencia uniforme. Luego realizamos la prueba del «guante», que consiste en introducir la mano en la mezcla para comprobar si tiene la cantidad adecuada de agua. Varios niños quisieron sumarse a la experiencia y observar cómo la arcilla les cubría completamente la mano, formando una especie de guante.
Después presentamos los moldes con los que elaboraríamos las muestras circulares, de aproximadamente quince centímetros de diámetro y cinco centímetros de altura. Comenzamos entonces a preparar las distintas mezclas, avanzando poco a poco para medir correctamente las proporciones de cada material y poder comparar luego los resultados. Cada muestra fue colocada en su molde, etiquetada y ubicada en un lugar adecuado para su secado.



Durante toda la actividad, las niñas y los niños participaron con mucho entusiasmo. Midieron los materiales, mezclaron la arcilla e incorporaron la arena, la paja y los textiles; se ayudaron entre sí y respetaron las proporciones definidas para cada prueba. Fue un trabajo muy colaborativo, en el que cada grupo aportó a una parte de la investigación común.
Al finalizar, nos sentamos nuevamente en ronda para observar todas las muestras realizadas y conversar sobre lo que ocurriría durante el secado. Las niñas y los niños quedaron encargados de registrar cómo reaccionaba cada una de ellas para que, en el próximo encuentro, podamos compararlas y decidir cuál es la mezcla más adecuada para construir nuestro refugio.


Antes de despedirnos, la maestra nos comentó que, salvo un alumno, la mayoría nunca había visto una construcción realizada con tierra y materiales naturales. Nos propuso entonces que en el próximo encuentro visitáramos algunas bioconstrucciones para que vivieran esa experiencia de primera mano y pudieran imaginar con mayor claridad las posibilidades de estos materiales. Nos pareció una excelente idea y coordinamos la visita para el 18 de agosto.
Finalmente, nos despedimos con una foto grupal junto a todas las muestras elaboradas, cerrando un encuentro en el que las preguntas comenzaron a transformarse en experimentos y las primeras hipótesis empezaron a ponerse a prueba.

El grupo nos visitó en el Centro de Educación Socioambiental de la Intendencia de San José con el propósito de conocer y vivenciar un espacio construido con barro, paja y otros materiales naturales. Al ser una escuela rural, y aprovechando los recursos y la gestión realizada para la salida didáctica, antes de llegar al Centro visitaron el teatro y la Catedral, también realizaron un recorrido guiado por la ciudad, organizado por el área de Turismo con un enfoque educativo.
Llegaron al Centro alrededor de las 12 del mediodía, como habíamos acordado con la maestra. Como el día había amanecido lloviznando y con frío, almorzamos dentro del Octógono, la principal construcción de barro y paja que tenemos en el Centro. Durante el almuerzo estuvimos conversando sobre el paseo de la mañana y las cosas que habían conocido.


Casi al finalizar, una niña resaltó que estábamos dentro de una construcción hecha con una mezcla muy parecida a la que habíamos realizado en el encuentro anterior. A partir de su comentario, todas y todos comenzaron a observar con mayor atención el lugar, comentando lo lindo que estaba adentro y lo calentito que se sentía. Una de las niñas más pequeñas preguntó si se iban a quedar todo el día. Cuando la maestra le respondió que no, dijo: “¡Qué lástima! Me gustaría quedarme todo el día aquí”.
Una vez terminado el almuerzo, nos pusimos en ronda para comenzar la actividad. Nos contaron que las pruebas realizadas en el encuentro anterior ya se habían secado, que estaban muy duras y que algunas tenían grietas. Luego les propusimos observar el salón con detenimiento y les preguntamos: “¿Qué materiales reconocen en la construcción del Octógono?”. Respondieron: barro, paja, maderas, palos, cemento y piedras.


Les propusimos entonces tocar las paredes, explorarlas, olerlas y mirarlas de cerca. Con entusiasmo se levantaron y comenzaron a recorrer el espacio. Encontraron la pared donde se incorporaron botellas de vidrio reutilizadas y observaron que por ellas entra la luz de colores y que queda muy lindo. Una niña reparó en que las paredes eran suaves y lisas, y recordó que las pruebas que habíamos realizado no eran así. Les pregunté por qué creían que podía ser y respondieron que quizás a las muestras “les faltaba algo”. Conversamos entonces sobre los acabados y les adelantamos que, cuando fuéramos a observar las paredes de los baños, que aún no tienen revoque, podríamos apreciar mejor esa diferencia.
También observaron que los palos son los que sostienen el techo y parte de la estructura, y remarcaron que había palos en todas las esquinas. En ese momento, una niña sugirió que sería bueno tomar notas de todo para no olvidarse de nada cuando construyeran sus refugios. A partir de su propuesta, repartimos hojas y lápices de colores. Las alumnas y los alumnos más grandes escribieron palabras como barro, paja, vidrio, ventanas, puerta, botellas, cemento y techo; quienes eran más pequeños realizaron dibujos.


Después les presentamos los termómetros que habíamos llevado para medir la temperatura y la humedad. Les propusimos comparar las condiciones dentro y fuera del Octógono. Nos dividimos en dos grupos y realizamos las mediciones. Al comparar los resultados, observamos que dentro de la construcción el ambiente era más cálido y menos húmedo. Esto nos dio pie para conversar sobre algunas propiedades de estas construcciones y su capacidad para regular la temperatura y la humedad.
Luego fuimos a observar la construcción de los baños. Al mirar las paredes, enseguida dijeron: “¡Ah, claro! Esta pared se parece más a las muestras que hicimos, es más rugosa”. Otra de las observaciones surgió al mirar hacia arriba: “¡El techo tiene pasto!”. Conversamos entonces sobre la posibilidad de incorporar techos verdes. Preguntaron dónde estaba la escalera para subir y les explicamos que ese techo no estaba pensado para caminar sobre él, sino que cumplía otras funciones, entre ellas, ayudar a regular la temperatura. Les preguntamos entonces quiénes más creían que podían utilizar ese techo y respondieron: “¡Insectos, mariposas, pajaritos!”. Esto nos permitió conversar sobre cómo un techo verde también puede ser una manera de devolver espacio y refugio a otros seres vivos.


Para terminar, volvimos a hacer una ronda. El grupo quedó muy motivado para continuar con la investigación y con la futura construcción de sus refugios. Acordaron registrar lo vivido y aprendido en sus cuadernos de campo y nos despedimos hasta el próximo encuentro.
Fue una experiencia en la que muchas de las observaciones y preguntas fueron surgiendo espontáneamente de las niñas y los niños. La posibilidad de estar dentro de una construcción de barro y paja, tocarla, recorrerla y compararla con sus propias muestras, permitió que aquello que veníamos investigando comenzara a tomar una dimensión más concreta y cercana.
Llegamos a la Escuela N.º 32 de Arroyo Llano a las 10:30 de la mañana. Las niñas y los niños ya nos estaban esperando en ronda. Como la maestra les había contado que en esta ocasión trabajaríamos con tiras largas de tela, fue lo primero que quisieron mostrarnos. Explicaron que las habían cortado y aclararon que habían quedado “un poco chuecas”. Les respondimos que no importaba, que nos servirían perfectamente para el trabajo que íbamos a realizar.
Enseguida insistieron en que fuéramos a ver cómo avanzaba el secado de las primeras muestras de barro que habíamos realizado. Mientras las observábamos, nos fueron contando los cambios que habían notado: “cada día están más como piedra” y “la tela no se le sale nadita”. Analizamos las piezas en conjunto y les comentamos que venían quedando muy bien. Además, les adelantamos que seguramente en el próximo encuentro realizaríamos algunas pruebas para conocer mejor cómo se comportaban, aunque preferimos no detallarlas y pasar a descubrir qué haríamos ese día.



La maestra trajo unos cuadros de madera con alambre que resultaban muy adecuados para la práctica. Estos materiales habían sido donados por un apicultor que visitó la escuela. Nos colocamos alrededor de los bastidores y conversamos sobre la propuesta: utilizaríamos las tiras largas de tela para ir formando una trama, pero antes tendríamos que embeberlas en barro.



Las niñas y los niños comenzaron a batir la mezcla hasta que quedó bien integrada y luego la dividimos en dos baldes. Como disponíamos de dos bastidores, nos organizamos en dos grupos para facilitar el trabajo. Fuimos distribuyendo las tareas: mientras una parte del grupo embebía las tiras de tela en la barbotina, el resto, trabajando por parejas, las iban entrelazando en los cuadros.



La actividad fue avanzando con mucho entusiasmo hasta que, aproximadamente a mitad del trabajo, nos dimos cuenta de que las tiras que habían preparado no serían suficientes para completar los bastidores, y un nuevo grupo se dedicó a cortar más tela. Este pequeño imprevisto también generó nuevas observaciones. Las niñas y los niños comentaron que creían que las tiras alcanzarían e incluso sobrarían, porque habían cortado dos remeras y un pantalón. Al ver cuánto material estaba requiriendo el entrelazado, observaron que “esta forma lleva más tela” y llegaron a la conclusión de que eso también significaba que permitía reutilizar más ropa.



Con las nuevas tiras pudimos continuar hasta completar los dos bastidores. La actividad se disfrutó mucho y, al finalizar, había una gran satisfacción con el trabajo realizado. Las niñas y los niños se detuvieron también a observar el resultado y comentaron que les gustaba la trama que se veía con las telas entrelazadas.
Finalmente, dejamos los bastidores preparados para que comenzara el proceso de secado. En el próximo encuentro podremos observar cómo se comportó esta nueva técnica y realizar las pruebas previstas, junto con las muestras elaboradas anteriormente. Nos despedimos tomándonos una foto grupal con los bastidores terminados, con mucha alegría y orgullo por el logro alcanzado.

Cuando llegamos a la escuela, el grupo ya sabía que realizaríamos las pruebas a las distintas muestras que habíamos elaborado en los encuentros anteriores. Nos saludamos y enseguida se notaron las ganas y el entusiasmo por comenzar. Lo primero que hicimos fue sacar las mesas y preparar el espacio de trabajo en el patio. Por suerte, esa mañana el buen clima nos acompañó para desarrollar toda la actividad allí.
Antes de comenzar las pruebas, organizamos cuidadosamente las muestras para no perder la identificación de cada una. Como ya estaban completamente secas, las marcamos individualmente para poder reconocerlas al moverlas y compararlas.
Una vez que tuvimos todo preparado, nos reunimos en el patio y les preguntamos a las niñas y los niños qué tipos de pruebas creían que deberíamos realizar. Una niña rápidamente propuso probar cuánto peso podían soportar sin quebrarse. Otro niño planteó una duda sobre qué pasaría si las muestras se mojaban: si podrían volver a convertirse en barro. Varios respondieron enseguida: “Sí, cuando llueve, por ejemplo”. En ese momento, otra niña recordó la visita al Octógono y comentó que allí había un techo de paja que evitaba que el agua mojara las paredes y las protegía. Varios reaccionaron diciendo: “Ah, sí, me acuerdo”.



A partir de estas ideas comenzamos las pruebas. Para observar la resistencia al peso buscamos una forma sencilla y comprensible para todas las edades. Junto con la maestra acordamos utilizar nuestro propio peso, comenzando por la niña más pequeña de Inicial y continuando progresivamente hasta llegar a las personas adultas, siempre que la muestra resistiera.
Nos organizamos en fila y comenzamos a probar cada una de las muestras circulares. Se sentía mucha emoción y expectativa cada vez que alguien se subía sobre una pieza. Nos sorprendíamos al ver cómo algunas resistían el peso, mientras otras comenzaban a agrietarse o resquebrajarse. Repetimos el procedimiento con todas las muestras y fuimos reconociendo cuáles presentaban una mayor resistencia.
Luego pasamos a la prueba con agua. Se repartieron aspersores manuales a un grupo de tres niñas y niños. Mientras unas personas sostenían las muestras, quienes tenían los aspersores las mojaban desde una misma distancia y durante el mismo tiempo. Observábamos qué había sucedido y cuáles parecían haber resistido mejor al agua, simulando una situación de lluvia lateral. Repetimos la experiencia con cada una de las piezas hasta poder comparar sus comportamientos.



Finalmente, reunimos los resultados de las dos pruebas en una tabla. Fuimos cotejando cuáles mezclas habían resistido mejor el peso y cuáles habían respondido mejor frente al agua, hasta identificar la que había presentado mejores resultados considerando ambas pruebas. Esta fue la mezcla seleccionada por el grupo para una posible construcción posterior.
Las niñas y los niños participaron activamente durante todo el proceso y se mostraron muy satisfechos al poder llegar a una elección a partir de las pruebas que habían realizado. También hubo momentos de sorpresa al comprobar cuánto peso podían soportar algunas de las muestras.
Cerramos el encuentro con mucha satisfacción por el recorrido realizado y con entusiasmo por poder compartir los hallazgos de la investigación en la Feria de Clubes de Ciencia del 16 de septiembre.


